V.4. La Disciplina.

¿Por qué arriesgar todo en una única operación? ¿Por qué no convertir la vida en una búsqueda de la felicidad, en vez de una búsqueda del dolor? 

Paul Tudor Jones

Como muchos ya sabréis, estamos ante una de las virtudes más esenciales en la operativa profesional. Los operadores disciplinados obtienen beneficios constantes.

Hace falta disciplina para:
Saber crear una sistemática de trabajo e investigación.
Saber aplicarla a rajatabla para mantener a raya a nuestro ego, y así aumentar nuestras otras capacidades.

La disciplina consiste en saber vencer las voces interiores que nos dicen cosas como:

“Tengo que deshacer la operación porque estoy perdiendo más allá de mi límite, pero voy a esperar porque seguro que se da la vuelta”.
“Mi método parece que no está funcionando, y aunque estoy dentro de los parámetros de falibilidad del mismo, creo que voy a probar unas variantes a ver si así funciona mejor.”
“Siempre entro a comprar cuando se dan las condiciones actuales, pero ahora no lo veo nada claro, creo que esta vez no lo voy a hacer”.

Todas esas voces no son más que nuestro ego, que se resiste a admitir que nos hemos equivocado. Con ellas nos olvidamos de una máxima:

Todos los operadores, incluso los mejores del mundo, pierden dinero muchas veces al año. Eso no es problema ninguno. Lo importante es que también ganan dinero muchas veces al año, y al final ganan mucho más de lo que pierden.

No hay que tener miedo a cerrar una operación perdedora. Si después de hacerlo, vemos que el precio se da la vuelta, nos da mucha rabia. Pero en ese momento, en vez de lamentarnos, lo que tenemos que hacer es estudiar qué ha pasado, y por qué en ese caso nos hemos salido en mal momento.

Seguramente descubriremos que hemos elegido un mal punto de stop, o que hemos aplicado mal el punto de entrada.

A largo plazo, si pulimos esos errores, descubriremos que el 80% veces que nos salimos con pérdidas de una posición teníamos razón e hicimos bien en hacerlo. A veces vemos que si no hubiéramos salido estaríamos perdiendo mucho más dinero, y también es una sensación satisfactoria.

La disciplina mejora también el tiempo de reacción. Una vez establecidas nuestras reglas, no tenemos que pensar cuando la cosa se tuerce. Si decidimos cerrar en un determinado momento, lo hacemos y no hay nada más que analizar.

Aquellos que se ponen a pensar “claro, estará cayendo por las tensiones en Oriente, por tal o cual motivo…”

En esos momentos pensar es perder el tiempo. Todo tiene que estar pensado de antemano. Da igual el por qué nos salimos. El mercado nos está diciendo que estamos equivocados y eso es todo lo que necesitamos saber. Cerramos y nos vamos antes de que, en cuestión de segundos, el precio se vaya aún más lejos en contra nuestra.

Para mantener la disciplina, es necesario apoyarse en la fe y en la confianza adquiridas. Solamente con ellas podemos pulsar el ratón sin pestañear, aunque perdamos dinero.

Como tenemos fe en que a la larga acabaremos ganando dinero, y confianza en nuestra metodología, nos resultará más sencillo ser disciplinados.

Es importante recordar que el enemigo no es el mercado. El enemigo es nuestro ego. Al mercado se la suda que tú estés ahí dentro, comprado o vendido. Le da igual lo que hagas o lo que pienses. Él solo te va a mostrar la realidad, si aciertas o fallas.

Es el ego propio el que te va a intentar engañar haciéndote creer que esta vez es distinto, que no tienes razón y que seguramente todo se dará la vuelta mañana. Y el enemigo no está fuera, está dentro de tu cabeza.

El ego se apoya en múltiples falacias, dichos y retruécanos bursátiles que hacen que sus planteamientos parezcan más plausibles. Dichos como “compra barato y vende caro”, “no pierdo dinero mientras no venda”, “el mercado hace retrocesos de Fibonacci” o “corta las pérdidas y deja correr las ganancias”.

Todas ellas bienintencionadas, sin duda, pero los mercados no funcionan así. O al menos no podemos esperar que lo hagan. ¿Quién te dice cuándo es barato y cuándo es caro? ¿cuándo y cuánto tengo que dejar correr las ganancias? ¿y si las dejo correr y en un día aciago el mercado se las come todas de un plumazo?

Por lo tanto, si eso no funciona, vamos a aplicar algo que sí funciona: la disciplina. Todas las operaciones que empecemos tienen que tener definidos desde el principio los puntos de entrada, los de salida en pérdidas y a poder ser, los de salida en ganancias. Cuánto dinero vamos a emplear en garantías y si eso nos merece la pena. ¿Qué pasa si el producto está sujeto a gaps o huecos de apertura? ¿Qué pasa si transcurre el tiempo y el precio no evoluciona ni a favor ni en contra, está parado? ¿Cuánto tiempo queremos tener abierta la posición?

Todas esas preguntas y muchas más han de estar respondidas antes de que pulsemos el botón para abrir la posición. En la operativa diaria no podemos detenernos a reflexionar sobre una posición abierta. Las cosas pasan muy deprisa como para andar pensando una vez estamos dentro del mercado.

La disciplina no es más que un estado de consciencia en el cual aparcamos nuestro ego para operar y nos ceñimos a una metodología estudiada de forma imparcial, sin que factores subjetivos la hayan contaminado.

La metodología no va a funcionar mejor porque nosotros queramos que lo haga, cosa que todos los novatos creen que es así. Funcionará mejor cuando se ciña lo más posible a las condiciones del mercado y del producto en el que se va a operar, tanto si nos gusta como si no.

Gracias a la disciplina eliminaremos todo el sufrimiento inherente a la operativa del mercado: el dolor por perder dinero, la humillación por vender justo cuando empieza a subir, la ira porque el mercado “no hace lo que queremos”.

Todo eso desaparecerá, porque todo eso ya está asumido que va a pasar, y que no es el mercado el que nos produce el dolor, sino nosotros mismos proyectando una imagen nuestra sobre el mercado que no se va a cumplir.

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